jueves, 29 de diciembre de 2011

Estación Volderg


Llegó el día de volver a la rutina del internado. No tengo de que quejarme, para ser sincera, el caso es que al pertenecer a una familia con buena posición, apellido antiguo y contactos influyentes tenía bastantes privilegios. ¿Qué es injusto? Puede que sí, pero a mi eso no me importaba porque vivía bien, sin preocupaciones y con todo tipo de lujos. ¿Qué no debería decir eso? Bueno el hecho es que a excepción de los valientes y la gente honrada (que es poquísima) nadie se sobrepondría si viviese como lo hacía yo. ¿Para qué? ¿Para perderlo todo y vivir en la inmundicia? ¿Para vivir debajo de un puente y pedir limosna por las calles? Me parece que no. El sistema era demasiado fuerte por aquel entonces y no se podía hacer nada; era la sumisión o la pobreza, clase media había pero era escasa, como he dicho antes o estabas con o contra el sistema. 

Mis padres me dejaron en la estación de metro Volderg, había tres trenes que iban a la escuela, todos acordes con la clase social a la que pertenecías. ¿Dictadura, opresión, desigualdad y control absoluto? Se ve claramente que así era, ¿Me podría haber cambiado de bando y luchar, rebelarme y enfrentarme al Sistema? Por favor sed realistas, tenía quince años, era consciente de todo lo que pasaba a mi alrededor, iba a clases de política y economía, además de haber escogido historia como optativa, había aprendido que las rebeliones tienen su momento, y si no se hacen a su tiempo todo sale mal, masacres, crisis y atentados. Conclusión muerte, muerte y más muerte. Yo no quería morir por defender unos ideales que puede que ni me beneficiasen, teniendo en cuenta lo bien que vivía y lo bien que me lo pasaba.

Me fui al último compartimento del tren, siempre nos sentábamos ahí, tenía unas vistas magníficas y nadie te molestaba. Abrí al puerta y me senté al lado de la ventana, estaba sola y el resto tardarían en llegar un rato. Como no tenia nada mejor que hacer me puse a observar a las personas que había en el andén. Todas iban bien vestidas, con trajes y vestidos caros, enjoyados y maquillados (porque no sólo las mujeres se ponían polvos, todo era bastante superficial, nunca conocías a alguien a fondo, las normas no lo permitían). De todas los alumnos que estaban en la cola para subir al tren, uno me llamó la atención, era nuevo y estaba claro que no pertenecía al grupo de primero, seguramente tendría mi edad o un año más. Eran raras la admisiones de este tipo, además el chico era bastante alto y tenía la piel traslúcida prácticamente, los labios estaban rosados de tanto mordérselos por los nervios, sus ojos grises chispeaban curiosidad y su pelo, me maravilló, era blanco como la primera nevada del año y estaba revuelto, sin peinar. Vestía el uniforme, un pantalón negro con chaqueta a juego y una camisa blanca con la corbata negra floja. Antes de que pudiese retirar la vista me miró, clavó sus ojos tormentosos en los míos, aparté los ojos y miré despreocupada al resto del mundo del andén, pero el corazón me iba a mil y tenía las mejillas arreboladas. 

En la lejanía vi a Percy corriendo seguido de Miles y Gwen. Tardarían cinco minutos en llegar, el tiempo suficiente para que me relajase un poco y pusiese pies en suelo firme. Cuando creí que había recuperado el control de mi misma, sus ojos, la forma de mirarme que había tenido volvió y se estrelló contra mi barrera de serenidad, me había mirado con asco, pero ¿por que? no me conocía. Aunque claro somos propensos a juzgar a la personas por su aspecto, su forma de andar, moverse y hablar. No debería afectarme en absoluto, fui educada para que las miradas con desprecio y las palabras envenenadas no me afectasen, pero era humana y aunque me mintiese a mi misma, bastante, no me gustaba vivir mis mentiras.  

El viaje fue largo y en silencio, hasta que a mitad de camino Percy rompió comenzó a hablar y lo que dijo me sorprendió bastante porque no me lo esperaba, Percy suele ser un libro abierto para mí, todo lo contrario que Miles.

-¿Habéis visto al nuevo? Mi padre me ha dicho que viene de Rusia, lo han trasladado porque se ha tenido que mudar por cuestiones de negocios.- normalmente no suelo prestar mucha atención a lo que empieza contando Percy, porque suele hablar de su casa, de su fortuna o de su perro, del que se siente orgulloso. Prefiero tratar con el perro que con el amo, al animal le rascas la barriga y ya somos amigos para toda la vida en cambio al dueño hay que tratarlo de manera especial porque si no todo se fastidia.

-Claro que lo hemos visto, tenemos ojos en la cara, además estaba delante nuestra.- le respondió Gwen de mal humor, seguro que se había vuelto a enfadar con uno de los dos por cualquier tontería.


-¿Sabes algo más, Percy?- le pregunté suavemente y con mi mejor sonrisa, a veces puedo ser de lo más persuasiva y si eso no funciona también hay malos modos de obtener información.

-No sé nada más,¿qué pasa?si tanto te interesa ve tú a preguntárselo.- me respondió hosco, parece que Gwen se ha peleado con Percy y tiene pinta de haber sido de las fuertes, ergo, que todo vuelva a la "normalidad" tomará su tiempo.

-Si algo quieres bien hecho, hazlo tú  mismo.- me dijo Miles muy resabido. De todas las actitudes que había en el mundo ésta que tomaba Miles era la que más me molestaba y por eso mismo la usaba.

Le gruñí lo que pretendía ser un sí y salí del compartimento, no sin antes pegarle a Percy una patada en la espinilla "sin querer".  Los pasillos estaban abarrotados de gente que hablaba, chillaba y reía con estrépito. No pensaba volver al compartimento hasta que no averiguase eso y la forma más rápido y eficaz de hacerlo era en los baños del tren.

La propensión de las chicas de cotillear sobre lo nuevo que había siempre, era de ayuda. Entré en el aseo femenino y me metí en un cubículo del fondo, cerré la puerta y escuché. El baño estaba lleno de voces femeninas cuchicheando sobre el chico nuevo. Agudicé el oído y me centré en una conversación que me pareció interesante.

- Liana, no me digas que no te has dado cuenta, él se ha sentado en el compartimento de al lado al nuestro. Cuando Judith y Eleanor han ido a sentarse con él, según lo que me han dicho ellas, las ha echado argumentando, que si tuviesen la misma inteligencia que belleza serían mínimamente interesantes, pero que como dudaba que eso fuese posible no quería que siguiesen allí.- la voz de la chica se elevó una octava escandalizada por el descaro de "él", pero ¿quién era él? y ¿ por qué hablaba como un personaje de novela antigua?.

-Stacy respira y no chilles, si me dices como se llama "él" a lo mejor me entero mejor.

-Ojalá supiera su nombre, pero no lo sabe nadie, excepto él. No ha dicho palabra alguna sobre su identidad. Bueno todo el mundo sabe que viene de Moscú porque han trasladado a su padre. ¿Te has dado cuenta lo pálido que es y lo blanco que tiene el pelo?

-Sí y no veas como le sienta. Es tan guapo, está tremendo y yo pienso ser su pareja para el baile de recepción de dentro de dos meses.- dijo la otra de lo más ilusionada, aunque si era cierto lo que "él" le había dicho a Judith y a Eleanor, que Stacy saliese con "él" sería un milagro.

-Saldrás con él si no estoy yo antes, porque me lo he pedido y si te metes por medio verás Stacy.-  vaya vaya, el nuevo rompe amistades y a saber que más.- No quiero que estés en mi compartimento cuando vuelva, búscate otro.

-Serás... Claro que me iré a otro y el número del vagón te va que ni pintado, so bestia.- ¿el número de la bestia? Si Stacy es religiosa ya sé cuál es, por lo tanto también sé cual puede ser el vagón del nuevo.

Salí del baño y a paso rápido fui hasta el vagón del medio, fui puerta a puerta leyendo por el rabillo del ojo el número que había pintado. Me paré frente a la 666 y recé por que la 667 tuviese al chico nuevo dentro. Respiré hondo un par e veces, puse mi mejor expresión de indiferencia y entré.

Lo vi sentado con la cabeza apoyada en el cristal mirando las interminables colinas de hierba verde que se extendían hasta donde alcanzaba la vista, el sol se reflejaba en su pelo creando una especie de aureola a su alrededor. Giró la cabeza en un movimiento rápido y brusco y volvió a clavar su ojos en los míos. Tragué saliva y le dije con fingida sorpresa:

-Vaya, parece que me he equivocado de vagón.- Se me habían quitado la ganas de saber su nombre, me daba ¿miedo?. Me enfadé conmigo misma por tener esa reacción tan irracional.

-Que despistadas sois las chicas de aquí. Os habéis equivocado bastantes ya.- dijo con tono burlón que me hizo enfadar sólo como Percy lo conseguía a base de perseverancia.

-¿Te crees el centro del mundo, chico nuevo?- le pregunté todo lo fría que podía porque la sangre me hervía. Abrí la puerta y puse un pie en el pasillo, no quería saber nada de ese creído, aunque si salía significaba que lo estaba prejuzgando porque sólo había escuchado una frase.

-Tú eres la chica del final del tren, la que me miraba tan fijamente.- dijo riéndose aún más.

-Tengo nombre, chico nuevo.- miré el pasillo que estaba en silencio, las chicas había parado de cotorrear y miraban extrañadas la conversación.- Además no te miraba a ti, detrás tuya estaban mis amigos.- cuando pronuncié la última palabra me reí, porque amigos no era un término propio para describir mi relación con Percy, Gwen y Miles.

-Pero yo no sé tu nombre, ojos verdes.- me giré y lo fulminé con la mirada, nadie me ponía apodos, tenía un nombre por algo.

-No le digo mi nombre a desconocidos.- le sonreí burlona y el pareció darse cuenta de la disyuntiva, podía repetir mi anterior frase y yo lo haría otra vez, vamos que al final no sacaríamos nada en claro ninguno de los dos, o podía decirme su nombre y quizás yo le dijese el mío. 

-Klaus, mi nombre es Klaus.- dijo serio, había cedido, sonreí para mis adentros.

-Un placer Klaus- salí al pasillo y cerré la puerta de su compartimento, nadie me deja en ridículo, no se me había olvidado aún el feo que me hizo Percy en unas navidades y tampoco olvidaría como Klaus se había reído de mí. 

Volví al último vagón y me senté junto a Percy,  se había dormido y se le caía un hilillo de baba por la comisura de la boca, me acerqué a su oído muy despacio. Miles me miraba divertida y Gwen maliciosa, me animaba a continuar y yo no me hice de rogar.

-¡¡¡DESPIERTAAA!!!- le grité medio riendo.

-¡¡¡¡AAAAAAHHHHH!!! SOCORRO.- chilló mientras el hilo de baba se le pega a la cara y Miles le hacía una foto que duraría para posteridad.

-Que fotogénico que eres PVC, sales por el perfil bueno, que digo si tus dos perfiles son geniales.- Miles se lo pasaba en grande riéndose a costa de Percy.

-Seréis....- creo que es mejor omitir la perorata de insultos, maldiciones y recuerdos de los antepasados de cada uno que hizo Percy, pues los oídos jóvenes podrían sangrar.

El tren tardó una hora más en parar en la estación de la academia Price, pero los detalles de ésta al igual que los sucesos del primer día merecen otro capítulo.



miércoles, 28 de diciembre de 2011

Titulos

Hay entradas que no son mías, me ayudó una amiga, bueno la obligué a escribirlo pero como ella está enamorada de Miles pues no opuso resistencia alguna. Estos capitulos se distinguen con facilidad porque son de otros personajes, como Miles y Gwen. 


Yo soy incapaz de escrbir desde su punto de vista, bueno podría pero no captaría la esencia, Gwen es demasiado rebelde y Miles demasiado sarcástico. 

martes, 27 de diciembre de 2011

Cazando besos (Miles)





Me termino el zumo de un trago y dejo el vaso en la mesa con un repiqueteo.


Contemplo el perfil de Gwen, que está sentada a mi lado, hablando animadamente con Glimmer y dándole collejas a Percy, pensativo. Me siento un poco raro mirándola. No es que nunca antes la haya mirado, pero verla así, hablando y riendo tan lejana a mí… es extraño.
El pelo rojo cae en cascada por su espalda, y hace juego con su jersey de lana verde y sus pantalones de lana. Siempre ha odiado los vestidos. Tiene la cara en forma de corazón, con los ojos almendrados y ambarinos, como los de un lobo, la nariz respingona, 
llena de pecas, y la boca pequeña.
Y gesticula mucho al hablar, como siempre.
Pestañeo un poco, al darme cuenta de que me he quedado distraído, y ella se vuelve hacia mí sonriendo. Me gusta que sonría, está mucho más guapa que enfadada. Percy y Glimmer se han levantado y se han ido de la habitación. Y es entonces cuando me doy cuenta que la sonrisa de Gwen tiene un punto pícaro.
Lástima que no vaya dirigido a mí.

―¿Has visto a esos dos?

―Sí, todavía no me he quedado ciego ―ironizo, sé que eso la fastidia mucho, y aunque está más guapa sonriendo, me encanta hacerla rabiar; arruga la nariz de una forma muy graciosa.
Pone los ojos en blanco.

―Deja de burlarte, o te quedarás ciego de verdad ―me amenaza―. Me refiero a que si te has fijado que cuando Percy le preguntó si quería que le enseñara el lugar del que le había hablado antes (el que hay debajo de las escaleras, ese cuartito diminuto que tiene una trampilla que llega a la buhardilla llena de telarañas y objetos misteriosos), y dijo que mejor que fueran ellos dos solos, Glimmer se sonrojó un poco. ¡Glimmer! ―se echa a reír. También me encanta su risa, suave y aguda, parece una melodía. Un momento. ¿Me estoy poniendo poético? Menos mal que aquí nadie lee los pensamientos.

―Seguro que se están besando ―suelto, con una sonrisa ladina, alzando una ceja.

La reacción no es la que esperaba, sin embargo. Gwen pierde la sonrisa súbitamente y desvía la mirada hacia las llamas de la chimenea. Sé, por su expresión, que se está conteniendo para no soltarme algo a la cara. Así que espero, porque nunca se le ha dado bien lo de contenerse o ser paciente.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete…

―Oye, Miles, ¿tú has besado a alguien? ―me pregunta de sopetón, sin apartar la vista del fuego. Empujo mi sonrisa a un lado.

―Por supuesto ―alardeo, dándome aires de grandeza―. Si quieres puedo besarte para demostrártelo.

Gwen frunce el ceño y se vuelve hacia a mí. Sus ojos tienen un brillo extraño a la luz de la chimenea, como el de un cazador agazapándose para acechar a su presa. Y yo, que siempre me he considerado un depredador, me veo convertido en un cervatillo ante su mirada.
Sacudo mis pensamientos, porque el fulgor ha desaparecido con el movimiento de las llamas, y no ha dejado más que un recuerdo que analizaré más tarde.
Me preparo instintivamente para recibir el golpe.
Un golpe que nunca llega.

―Vale ―acepta muy seria. Casi me caigo del sofá del susto. ¿Ha dicho que sí? Tiene que ser una alucinación. El corazón me empieza a latir muy rápido, y rezo para no sonrojarme.

―Lo haría ―intento encontrar alguna réplica ingeniosa, de esas que me suelen salir del natural (gracias a mi inteligencia sin límites que a PVC tanto le gustaría tener. Creo que por eso me odia; es la envidia que provoco a mi paso), pero que ahora, con la mente embotada por mi estúpido corazón saltarín me cuesta formular―, pero no quiero asustar a una inexperta como tú.
¡Bravo! El valeroso Miles ha deslumbrado una vez más a su audiencia, señoras y señores. ¡Oh, por favor, señora, conténgase! Sé que soy irresistible, pero no se me puede lanzar encima de esa manera… Esta es una de las cosas que Gwen dice que tendría que revisarme un psicólogo. Hablando de Gwen, la chica (cegada por mis encantos) entrecierra los ojos y me fulmina con la mirada.

―¿Y cómo sabes tú que yo no he besado a nadie?.-Sonrío sin disimulo.

―Gwen, sé que te mueres por besarme ―ignoro el puñetazo que me da en el hombro. Ya decía yo que llevaba demasiado tiempo sin pegarme―, pero no tienes que mentir.

―¡No estoy mintiendo! ―se exalta, sonrojándose todavía más.
Gwen es muy dada a sonrojarse, y lo suele hacer por tres cosas: por vergüenza, por enfado, o porque está mintiendo. Y yo, como genio que soy, adivino que es porque está mintiendo y sonrío satisfecho.
Pero ella, que no tiene un pelo de tonta, decide atacarme por otros frentes.

―¿Y tú qué? ¿Has besado a alguien más aparte de niñas insoportables con una acuciante necesidad de atención? ―me pincha.

―A ti no te he besado todavía ―replico para hacerla rabiar.
Me da un tortazo en el muslo que me hace daño, la verdad. Pero claro, es Gwen, nunca hace nada a medias. O pega bien, o no pega.

―Pero a Marietta sí ―me escupe con rabia. Esta vez sí que me caigo del sofá, pero es porque me da un empujón, que conste.
Caigo con estrépito sobre la alfombra y la miro boquiabierto.

―¿Pero qué haces? ―me enfado.. Ella me señala con un dedo acusador.

―¿La besaste o no?.-Normalmente, habría estado jugando con la verdad hasta llevarla a mi terreno y hacérselo olvidar (aunque he de admitir que este truco con Gwen nunca me ha funcionado), pero me ha hecho daño y no pienso perdonárselo.

―Pues sí ―me levanto y alzo las cejas, desafiante. Gwen también se ha puesto de pie.

―¡Eres odioso! ―me grita.

―¿Por qué? ¿Por qué la besé a ella y no a ti? ―sé que he dado en el clavo, pero Gwen parece no querer admitirlo.

―¡Siempre se mete conmigo y se ríe de mí… pero tú la besas! ¡Te odio! ―y me duele su acusación. Porque no lleva razón. Es cierto que la besé, pero no tiene ni idea de por qué.
Y lo que más me fastidia es que fue por ella.
Siempre es por ella.

Me meto las manos en los bolsillos y estudio su rostro. Tiene los ojos brillantes y las mejillas arreboladas. Toda ella es espontaneidad y furia asesina. Pero no tiene nada que ocultar. Marietta es más alta y tiene el pelo rubio, la piel bronceada y los rasgos aristocráticos. Pero no tiene la mitad del encanto que Gwen. Marietta es tan… artificial.

―¿Estás enfadada por qué besé a Marietta? ―inquiero con despreocupación.

―¡Es lo que acabo de decirte!

―Bien.

Me inclino, fingiendo una tranquilidad que no siento ni de lejos, y presiono mis labios con los suyos. Gwen se queda muy quieta, y puedo sentir el calor que desprende su boca. Es apenas un roce, pero cuando me separo de ella tengo el corazón en la garganta y los nervios a flor de piel.
Gwen tiene los ojos muy abiertos y se lleva una mano temblorosa a los labios, como para comprobar si siguen allí. Ese gesto infantil me hace sonreír.

―Me has besado ―suena incrédula.

―Sí..-Vuelve a montar en cólera.

―¿Y te crees que eso lo soluciona todo? ¡Te has besado con alguien que me desprecia! ¿Qué clase de amigo eres?-Suspiro. Besarla no ha sido una buena idea, ahora está más furiosa que antes. Pero su boca parecía tan… apetecible.

―Sólo es un beso, Gwen ―le explico―. No le juré amor eterno, no significa nada, ¿entiendes?

―Nada ―me contempla iracunda, pero su voz ha tomado un tono de tranquilidad que me asusta. Sólo habla así cuando está, muy, muy enfadada―. Muy bien.

Se pone de puntillas antes de que pueda prever sus movimientos y me da un beso casto, tan inexperto como ella, pero que me deja con un cosquilleo en los labios y el estómago lleno de algo que se les suele denominar mariposas. Una comparación ridícula, en mi opinión; ¿mariposas en el estómago? Te morirías al instante, o se morirían ellas por los jugos gástricos. Por eso prefiero llamarlas lombrices.

Cuando se separa, antes de que me dé tiempo a asimilar lo que está pasando y se me quite la cara de estúpido, me da un rodillazo en el estómago que me dobla en dos y me hace soltar un gemido.
Será…

―Pues que te aproveche ―sisea―. Porque es el último que recibes.

Se va dando un portazo, mientras me retuerzo de dolor ante el golpe. La maldigo en silencio al percatarme de qué sólo me ha besado para bajarme la guardia, porque teniéndola enfadada estaba preparado y podría haber evitado el golpe.

No puedo evitar una sonrisa. Como diría unos años más adelante, Gwen es cómo el océano. Por un lado, puede ser encantadoramente risueña y alegre, y si se enfada la ves venir. Y luego está la otra Gwendolyn, la que puede hacerte saborear el cielo, pegarte una patada de las suyas y dejarte estéril para siempre.
La segunda parte de su personalidad, tan tramposa, tan traicionera, todavía estaba por formase. Pero algún día lo estaría, y me daría más que algún problema.
Me siento en el suelo, todavía palpándome la zona adolorida y contemplo las llamas. A Gwen acabaría por pasársele el enfado. Podría pasársele ahora mismo y hacerla morirse de la culpabilidad si le contara por qué besé a Marietta en realidad.

Fue hace poco más de un mes, cuando Gwen me llamó para preguntarme angustiada si sabía dónde estaba la cadena de plata con una foto de su padre y su hermano, que su progenitor le había regalado, y que era la única joya que llevaba puesta.

Esa misma tarde, vi a Marietta en el jardín pegando al de mi casa (somos vecinos), mirando interesantísima una de sus revistas. Pero lo que me llamó la atención fue su colgante. El colgante de Gwen.
Yo sabía que la semana pasada había ido a su casa porque sus padres tenían que hablar y que se había peleado (como siempre), así que no me costó atar cabos.
No hay mucho más que contar. Fui a su casa a recuperarlo y ella me exigió un beso a cambio. Total, era un beso, a cambio de la felicidad de Gwen. En el futuro daría muchos más por nada.
La vez anterior que fui a su casa, lancé a Loba por la ventana para distraerla y dejé el colgante debajo de su cama, como por casualidad. 

Pero sería un secreto que me llevaría a la tumba, como tantos otros.
Todos por ella.


Estos recuerdos no son míos, son robados por decirlo de alguna manera. Miles me los dio, desconozco sus razones para darme trozos de su vida, pero soy bastante curiosa y como se dice la curiosidad mató al gato.

domingo, 25 de diciembre de 2011

Navidad de Gwen




Entré con cierta timidez por las altas puertas, y la timidez no era algo que acostumbrara a sentir. Me había fijado en la impresionante fachada de la mansión de Percy. Era una casa increíble, ciertamente, pero no mejor que la mía o la de Miles. Aunque esta casa tenía algo regio del que la mía carecía y que la de Miles desdeñaba.

Y ahí estaba otra vez. ¿Por qué pensaba en Miles?

Me enfadé con él la última vez que nos habíamos visto, por lo que él consideraba una “tontería”. ¡Já! Había tirado su espada, Loba, por la ventana para que le prestara atención. ¡La espada que había pertenecido a mi padre y al padre de mi padre y al padre de mi padre de mi padre, y así hasta el principio de mi familia! Y que ahora era mía por derecho, por mucho que mi madre se empeñara en decir que era una señorita, y que las señoritas debían dedicarse a sus labores y nada más.

Mi madre siempre había sido muy machista.
Echaba de menos a mi padre y a su hermano mayor. Cerré los ojos un momento, recordando las tardes que me iba con ellos de caza. Siempre me había fascinado el bosque, con esos árboles tan altos y el sonido de los animales en la espesura. Me sentía libre y viva. Allí, lejos de mi madre y mis criadas, podía correr y mancharme de barro, reír demasiado fuerte y hacerle burlas a mi hermano.
Y soy muy buena cazadora.
Mi hermano odiaba cazar, le daban pena los animales. A mí también me daban… hasta que blandía la ballesta o el cuchillo.
Las tardes cazando en el bosque era uno de los recuerdos que más cariño tengo. Me aguanté las lágrimas. Los dos se habían perdido en esa masacre. Ahora sólo quedamos yo y mi hermana pequeña, que ya es toda una señorita y sueña despierta con el príncipe.
Asco de vida.
Un silbido a mi espalda me pone en guardia.


-¿Qué hace aquí mi princesa?.-Me doy la vuelta, sabiendo lo que me voy a encontrar.

-Miles -saludo, no sin frialdad. Normalmente, soy explosiva como un volcán. Pero con mi madre observándome desde lejos, mientras habla con una señora que no conozco y que será muy influyente, no puedo pegarle una patada.
Recuerdo lo que siempre dice mi nodriza: “Las palabras son el arma de las damas”. Y también mi respuesta: “Pero yo no soy una dama”.Miles se acerca con pasos pausados y medidos. Como un león acechando a su presa. O como una presa preparando su huida.

-Sigues enfadada -tantea.Un músculo da un tirón en mi mejilla, y me resisto para no gritarle que es estúpido. Genial. Qué rápido se rompe mi fachada de frialdad.

-¿Tú qué crees? -escupo.

Miles se mete las manos en los bolsillos y baja la vista al suelo. Parece arrepentido, pero yo sé leer sus expresiones de arrepentimiento; sabe fingirlas muy bien. Entonces, cuando me fijo en que el flequillo le tapa los ojos pero no la nariz, me doy cuenta de que se lo ha cortado. Y yo no lo sabía.

Eso me sienta mal. Siempre nos informamos de todo, por mínimo que sea. Por teléfono o por carta. Pero él se ha cortado el pelo… y no me lo ha dicho.

Me siento ridículamente traicionada, sobre todo porque me imagino a Marietta acompañándolo a la peluquería. Seguro que la ha besado, el muy idiota. De eso iba presumiendo ella el otro día.

Vale. Tal vez esos rumores que ha ido extendiendo de que la besó hayan influido en que siga enfadada… Pero ¡es Marietta! Una estúpida que siempre se mete conmigo y mi pelo. No la soporto. Y él va besándola por ahí.
Pero no pienso demostrarle que estoy dolida por eso. Qué humillación.


-Lo siento -se disculpa.

-¿El qué sientes? -replico cruzándome de brazos.

-Haber tirado tu espada por la ventana -me mira con los ojos brillantes de sinceridad, pero eso también es un montaje. Miles nunca se arrepiente de nada.

-Ya.-Él suspira, como si la víctima fuera él y no yo.

-Supongo que no querrás saber que te he comprado por Navidad… si sigues enfadada y eso.

-Supones bien.- Vuelve a suspirar.

-No seas cabezota, Gwenny.

-Pues no seas tú estúpido -farfullo fulminándolo con la mirada.

-¿Pasa algo? -mi madre está a mi lado de nuevo. He heredado de ella mis ojos y la nariz respingona, pero el pelo pelirrojo es de mi padre.

-Nada -respondemos a la vez. Yo tensa y él con una sonrisa burlona adornándole el semblante.

-¿Ya le has dado tu regalo, Gwen? -mi madre decide arruinarme la vida y hundirme en la vergüenza en el momento menos oportuno, y por la mirada oscura de Miles, sé que me lo recordará toda la vida. Le lanzo el paquete con malas pulgas,

-Ahí tienes -ladro.

-¡Gwendolyn! -me reprende mi madre. Agg. Odio mi nombre completo. Suena tan cursi. ¿Por qué no me pusieron Glimmer como a la otra chica que ha invitado Percy por Navidad? Ese sí mola. O cualquier otro. Pero Gwendolyn… Y lo peor es que a ella le encanta.


Miles lo abre. Y muy a mi pesar, puedo leer su curiosidad en su semblante inexpresivo.

Cuando ve lo que es, creo que se queda sin palabras, y yo me sonrojo tanto que parezco una de las bolas de Navidad del árbol.



Miles lo abre. Y muy a mi pesar, puedo leer su curiosidad en su semblante inexpresivo.
Cuando ve lo que es, creo que se queda sin palabras, y yo me sonrojo tanto que parezco una de las bolas de Navidad del árbol.

―Vaya… ―murmura. Y yo no puedo pensar otra cosa que no sea: 
“Mamá vete. Mamá vete. Mamá vete. Mamá vete.”


Y mi madre, que tiene el don de la oportunidad, de la pesadez y de conseguir todo lo que se propone, y al parecer también el de la telepatía, porque me lee el pensamiento, dice:


―Bueno os dejo solos para que discutáis sobre los regalos ―suena a excusa (lo es), pero por una vez es rápida al alejarse.

Nos quedamos sumidos en un silencio de lo más incómodo. Miles termina de desenvolver el regalo y lo mira en todo su esplendor. Es una capa de piel de ciervo. No penséis que en mi familia cazamos por placer y dejamos los animales muertos. Aprovechamos las cosas mucho más que las industrias de alimentación. Matamos animales y nos comemos la carne y usamos la piel para abrigarnos.

Puede que suene primitivo… pero tiene un encanto único, os lo aseguro.

El caso es que no es una capa de piel de ciervo normal. Es mi capa de piel de ciervo. La primera que tuve y que todavía uso. La que me consiguió mi padre y a la que tengo muchísimo cariño.
Y Miles lo sabe.

Me mira, serio por una vez, y sacude la cabeza.

―No puedo aceptarlo.- Cojo aire y me muerdo el interior de las mejillas.


―Pues no lo aceptes ―uso el tono más desagradable que tengo―. 
El regalo se me ocurrió antes de que echaras a Loba por la ventana, y cómo no tenía otro te lo he traído, pero no te lo quedes si no lo quieres.


Miles se acerca a mí y me enseña la capa. Tiene muchos años, pero sigue siendo extremadamente suave y abrigada.

―Gwen, sé que lo significa para ti ―baja la voz imperceptiblemente y me mira a los ojos―. Y aunque no me creas, siento de verdad haber tirado a Loba por la ventana ―sacude la cabeza y me tiende la capa―. Pero no puedo a aceptarlo.
Trago saliva.

―Había pensado… ―se me quiebra la voz y me obligo a continuar―. Había pensado que podías ponértela cuando te vienes al bosque a acompañarme. Aunque no hagas otra cosa que quejarte y espantar a los animales ―sonrío un poco―. Yo me he conseguido otra por mí misma y voy a usarla así que…

―¿Y no preferirías conservar esta? ―me interrumpe.
Dudo un instante. Pero vuelvo a recuperarme y empujo la tela hacia él.

―Sé que la cuidarás bien ―le sonrío, esta vez ampliamente―. Y la capa que me hizo mi padre no está para quedarse abandonada en un rincón.

Miles suspira. Supongo que sabe que eso significa que lo he perdonado. Me alejo un poco, pero él me agarra de un hombro y me muestra algo que se ha sacado del bolsillo.

Es un broche de plata. Redondo y tan ancho como mi pulgar. Cuando me fijo en la filigrana que tiene me doy cuenta de qué es un pájaro, más concretamente, un águila.
El símbolo de mi familia.

―Es tu regalo de Navidad ―me informa. Me doy cuenta de qué no se ha molestado en envolverlo―. ¿Te gusta?

Detecto cierto nerviosismo en su voz. Y me siento tan enternecida que por un momento olvido que besó a Marietta.
Lo cojo con cuidado.

―¿Cómo lo has hecho?

―Lo encargué ―se encoje de hombros sin darle importancia―. El dibujo y el diseño si lo hice yo, claro. ¿Te gusta? ―repite.
Estoy tan maravillada que por un momento no puedo hablar.

―Es precioso ―murmuro. Pero me corrijo―: Es perfecto.
Él sonríe, más relajado.

―Feliz Navidad ―anuncia revolviéndome el pelo.

Sabe que odio que lo haga.

―¡Idiota, no hagas eso! ―le doy empujón y él se aleja riéndose.

No tardo en perseguirlo, aguantándome una sonrisa.

Feliz Navidad, Miles.







viernes, 23 de diciembre de 2011

Bailes de niños



De todas las fiestas a las que fui en casa de Percy, que no fueron pocas, la que más me impresionó fue la de la primera navidad. Bajamos a un comedor enorme que no había visto antes, era precioso todo, aunque debo decir que con aquella edad todo me impresionaba bastante, las paredes eran grises, pero no un gris pálido y feo era un gris de tormenta, como el de los día que huele a lluvia y barro húmedo, con flores negras como las del jardín en todos los jarrones, las lámparas de araña mantenían la estancia iluminada tenuemente. Las paredes estaban desnudas, excepto por el cuadro que había encima de la chimenea en el que salía la familia Van Clay al completo.

Todos los invitados iban de negro, mas que una fiesta parecía un funeral, con el paso del tiempo me daría cuenta de el por qué del negro y la decoración gótica, pero ahora mismo no viene a cuento. De todas las mujeres que había vestidas en tono ocres, negros, grises y alguna que otra de rojo, la que más me impresionó fue la madre de Percy, parecía la reina de la oscuridad, la princesa del mal, un ángel caído, no encontraba palabras para describirla, llevaba un vestido ceñido a la cintura negro, después caía en cascada asta los tobillos con pequeños cristales rojos adheridos, las únicas joyas que llevaba era una cinta negra al cuello con un diamante y el anillo de casada. Las demás mujeres se abrían para que pasase, los hombre se la quedaban mirando, amedrentados, se dirigió con paso firme hacia su marido que le pasó una mano por la cintura y la condujo al centro de la habitación. 

Cuando el silencio hizo acto de presencia en la habitación, los Van Clay hablaron;

-Os damos la bienvenida, estamos felices de que halláis venido a nuestra pequeña fiesta. Como ya sabéis, los menores y los adultos estarán en habitaciones diferentes. Esperamos que disfrutéis de la velada. Feliz encuentro.- dicho esto todo el mundo se disipó y dos puertas se abireron, cada una enfrente de la otra. ¿Qué debía hacer? estaba perdida en un mar de perfumes y vestidos, de normas de etiqueta y personas desconocidas. Una mano cálida se aferró a la mía y me llevó hacia una de las puertas, Miles me oprimió la palma de la mano para darme ánimos y fuerzas. 

-Todos hemos sido nuevos alguna vez.- me dijo en medio de todo el jaleo. 


-No me gusta la sensación, me hace pequeña...


-Glimmer... el caso es que, haber como te lo digo... eres pequeña- dijo con el soniquete de falso arrepentimiento. Me paré de sopetón y lo miré como si hubiese descubierto el dorado. ¡Claro que era pequeña! por todos los cielos tenía diez u once años a lo sumo. 


-¿En serio? ¿me lo dices o me lo cuentas?- le dije cuando me dio un tirón del brazo para no quedarnos atrás.- Mejor no contestes o lo echarás todo a perder.- le dije sin darle oportunidad de hablar.- por cierto, ¿dónde están Gwen y Percy?.


-Seguramente habrán entrado en el salón secundario, que es donde deberíamos estar, así que deja de preguntarme cosas y mueve esas piernas.- dijo volviendo a tirar de mí, con fuerza suficiente para moverme.

-Serás bruto, me has hecho daño- dije indignada, tenía un buen motivo para mentirerle. Bueno mentir está mal, así que niños no lo hagáis en vuestras casas. Mi pequeña mentira tenía por fin comprobar si a Miles le gustaba de verdad Gwen,- ¿te tienes que poner tan... tan... insoportable cuando no estás con Gwen o cerca de ella?- le pinché mientras hacía un puchero.

-¿Qué has dicho?.-preguntó parándose de repente.

-¿Te has quedado sordo o qué?- me había escuchado perfectamente, prácticamente se lo había gritado al oído.

-Escucho perfectamente, de momento a Gwen no le ha dado por pegarme en los oídos. Por lo demás, suelo ser un chico de lo más encador.-egocéntrico, en serio me sacaba de mis casillas cuando se ponía en un pedestal y se echaba flores.- ¿La segunda parte de tu pregunta iba con segundas, Glimmer?

-¿Con segundas? Que cosas dices, que cosas dices, te lo he preguntado porque me has hecho daño en el brazo, ¡¿como has podido pensar eso?! Yo no pretendía insinuar nada- como me había calado, pero no pensaba darme por vencida hasta que no me dijese lo que quería saber- Era una pregunta de lo más inocente.

-Tiene de inocente lo mismo que tú y que yo.- dijo riéndose de lado, la verdad es que Miles no era feo ( en serio cerebro cómo piensas eso) con su sonrisa de lado, su flequillo y esos ojos de los que era imposible huir (vale, me estoy luciendo, en serio pienso eso, puaj). Miles era feo, feo, feo y egocéntrico, insoportable... El caso es que como es Navidad y estamos de fiesta, responderé a tu verdadera pregunta si tú respondes a la mía.- tocada y hundida, ¿ahora qué?, bueno dije que no me echaría atrás y no lo hice.

-Está bien.-cogí aire y se lo pregunté de sopetón- ¿a ti te gusta Gwen?.- ya está lo he dicho y él se está riendo, bueno no sé lo que está haciendo porque se lo he preguntado al...

-No creo que al suelo le guste, aunque quien sabe, no somos muy buenos amigos, a lo mejor las paredes te lo cuentan.- sí se estaba riéndo, pero no de la pregunta si no de mí. Se estaba riendo de mí y pensaba borrarle la sonrisa de la cara.

-Respóndeme.- le dije fulminándolo con la mirada. ¡¿como se me ha podido pasar por la cabeza que fuera, en fin, guapo y todo eso?!-Seguramente habrán entrado en el salón secundario, que es donde deberíamos estar, así que deja de preguntarme cosas y mueve esas piernas.- dijo volviendo a tirar de mí, con fuerza suficiente para moverme.

-Serás bruto, me has hecho daño- dije indignada, tenía un buen motivo para mentirle. Bueno mentir está mal, así que niños no lo hagáis en vuestras casas. Mi pequeña mentira tenía por fin comprobar si a Miles le gustaba de verdad Gwen,- ¿te tienes que poner tan... tan... insoportable cuando no estás con Gwen o cerca de ella?- le pinché mientras hacía un puchero.

-¿Qué has dicho?.-preguntó parándose de repente.

-¿Te has quedado sordo o qué?- me había escuchado, prácticamente se lo había gritado al oído.

-Escucho perfectamente, de momento a Gwen no le ha dado por pegarme en los oídos. Por lo demás, suelo ser un chico de lo más encador.-egocéntrico, en serio me sacaba de mis casillas cuando se ponía en un pedestal y se echaba flores.- ¿La segunda parte de tu pregunta iba con segundas, Glimmer?

-¿Con segundas? Que cosas dices, que cosas dices, te lo he preguntado porque me has hecho daño en el brazo, ¡¿como has podido pensar eso?! Yo no pretendía insinuar nada- como me había calado, pero no pensaba darme por vencida hasta que no me dijese lo que quería saber- Era una pregunta de lo más inocente.

-Tiene de inocente lo mismo que tú y que yo.- dijo riéndose de lado, la verdad es que Miles no era feo ( en serio cerebro cómo piensas eso) con su sonrisa de lado, su flequillo y esos ojos de los que era imposible huir (vale, me estoy luciendo, en serio pienso eso, puaj). Miles era feo, feo, feo y egocéntrico, insoportable... El caso es que como es Navidad y estamos de fiesta, responderé a tu verdadera pregunta si tú respondes a la mía.- tocada y hundida, ¿ahora qué?, bueno dije que no me echaría atrás y no lo hice.

-Está bien.-cogí aire y se lo pregunté de sopetón- ¿a ti te gusta Gwen?.- ya está lo he dicho y él se está riendo, bueno no sé lo que está haciendo porque se lo he preguntado al...

-No creo que al suelo le guste, aunque quien sabe, no somos muy buenos amigos, a lo mejor las paredes te lo cuentan.- sí se estaba riendo, pero no de la pregunta si no de mí. Se estaba riendo de mí y pensaba borrarle la sonrisa de la cara.

-Respóndeme.- le dije fulminándolo con la mirada. ¡¿como se me ha podido pasar por la cabeza que fuera, en fin, guapo y todo eso?!




-Gustar... veamos me gusta más estar con Gwen que con Percy, pero me gusta más dormir o leer que soportar que Gwen me pegue.- hizo una pausa y empezó a tirar de mi para que me moviese, estaba absorta en cada palabra que salía de su boca, la gente que había a nuestro alrededor había desaparecido. Miles estaba tenso y nervioso, sabía que dependiendo de su respuesta las cosas podían cambiar, por eso meditó todas y cada una de las sílabas que pronunció.- Si te refieres a si amo a Gwen, pues no, ¿siento afecto por ella? Quizás pero nunca me he parado a analizarlo. Bueno llegó el momento de mi pregunta...¿ A ti por qué te interesa tanto?- ¿esa era pregunta? Que por qué me interesaba.

-La verdad ,es que ni yo misma lo sé Supongo que por curiosidad.- cuando vi su cara de incredulidad decidí contarle lo que Percy me dijo el primer día que lo conocí- No me gusta que me digan lo que tengo que hacer, nunca, y Percy me dijo que no me acercase a ti porque eras de Gwen- ¿como si las personas fuesen propiedades? El caso es que se lo dije con malicia, sabía lo mal que se llevaban esos dos y piqué a Miles a propósito. (Lo repito otra vez , no hagáis esto nunca porque podéis acabar como yo cuando crezcáis, en un sótano húmedo y recordando todos y cada uno de tu errores)

-¿Que Percy hizo qué?- dijo con un tono un tanto agudo que denotaba ira. Me mordí el labio, culpabilidad (ni se os ocurra pensarlo, recordad quien soy) esta fiesta seria de lo más interesante y divertida. De todas maneras los niños de pequeños son todos maliciosos y el que piense lo contrario está ciego.

-Enserio, deberías ir a que te mirasen la sordera.- respondí ahogando una carcajada.- Mira, allí están esos dos.- le dije señalando a Gwen que le estaba pegando una colleja a Percy.- siempre igual.

Cuando Miles los vio me soltó la mano y su expresión cambió radicalemten. Parecía un niño que estaba delante de una fuente entera de chuches, al que su madre le había dicho que podía comer todo lo que quisiera. Se acercó con paso decidido, orgulloso, con la barbilla alta y los ojos relampagueantes, a saber que se le estaba ocurriendo hacer.

-¿Qué pasa PVC? ¿Se te ha acabado la gasolina?- le soltó nada más acercarnos, creo que se refería a que se había dejado pegar porque no tenía fuerzas, reflejos, energías... para esquivar la mano de Gwen (Miles tiene un humor muy peculiar que sólo él es capaz de entender), pero es que la mano de Gwen va a la velocidad de la luz.

-¿Qué ha pasado Miles?, estas como un tomate, ¿es que ahora la que te gusta es Glimmer? No te hagas muchas ilusiones de conseguirla.- respondió desafiante mientras alzaba una comisura de los labios, porque eso no era una sonrisa, aunque miles de chicas caían rendidas.

-¿Está celoso, cochecito?. Tranquilo, que mi interés se centra únicamente en ti.- esto parecía una lucha por ver quien ponía la cara más adorable, de momento ganaba Miles que acababa de atacar a Percy con una sonrisa que derrite mantequilla.

-¡¿Yo celoso?! imposible, y menos de ti porque te guste "eso".- me había llamado “eso”. Se refirió a mi como una cosa, como un ser asexuado, dijo “eso” con asco, con repugnacia, como si el hecho de tenerme frente a él le diesen arcadas. Se me formó un nudo en la garganta y me picaban los ojos, quería pegarle hasta romperme las manos, quería que borrase esa sonrisa de superioridad que tenía, pero eso sería demasiado rápido. Lo que de verdad quería era que se arrepintiese, no le iba a pegar del mismo modo que no me vengaría pronto, me tomaría mi tiempo. Un año, dos, tres o cuatro quizás hasta cinco, pero cuando bajase las defensas actuaría y le dolería más que cualquier castigo físico.

-Vamos, vamos, sé que sientes una atracción irresistible hacia mi persona. No intentes negarlo, PVC.- dijo Miles intentando liberar tensiones y rebajar la hostilidad del ambiente.

-¿Con que soy "eso"? pedazo de burro egocéntrico. De esta te arrepientes.- le dije cuando deshice el nudo de mi garganta y me tragué mis lágrimas.

-¿Quieres que le pegue?- me preguntó Gwen con su mejor sonrisa en la cara.

-Gracias, pero creo que esto lo solucionaré yo tarde o temprano.- le respondí con una sonrisa pícara, miré de reojo a Miles y me dí cuenta de que no dejaba de tocar un broche que llevaba en un bolsillo de la chaqueta, una manía suya que no abandonaría jamás.

-¡Esta chica me cae bien!- gritó Gwen mientras daba palmadas y se reía de Percy.

-A ti te caen bien todas las chicas violentas, Gwen.- le dijo Miles con toda la paciencia del mundo.

-Entonces dime Glimmer, ¿qué harás?¿ ir corriendo y decirle a mi madre que me estoy portando mal contigo?- esta fue mi primera idea pero me di cuenta de que era bastante patética y quería que se arrepintiese de verdad, su madre le regañaría, o quizás ni eso , Percy era un crío mimado. De tanto leer se me fueron ocurriendo unas cuantas cosas que podrían funcionar, pero descarté la mayoría y me quedé con una que me fascinó, los celos, puede que en ese momento no funcionara, pero el tiempo lo arregla todo ¿no?.

-Todo a su tiempo.- le respondí con una sonrisa de tiburón en los labios.

-Tiembla mundo, tiembla.- dijo Miles en tono profético, se ganó una buena colleja.

La cena no estuvo mal, demasiada comida para mi gusto, demasiados sabores nuevos y demasiado ruido. En total estábamos veinte críos en una habitación bastante grande, una mesa alargada en el centro y un ventanal con gruesas cortinas de tercio verde, nada más, ni cuadros, ni jarrones con esas rosas negras tan exquisitas. Miles se sentó a mi izquierda y a su lado Gwen, no se separaron en toda la noche, no dejaban de hablar o en su caso discutir, yo estaba absorta en otro mundo, lo único que me molestaba era el ruido, pero oía sin oír. Percy estaba en la otra punta de la mesa armando más ruido que nadie, reía escandalosamente junto a una chica rubia de ojos azules que se me antojaba parecida a Rosa 1 y Rosa 2, superficiales y tontas que lo único que buscan es un poco de atención.

Cuando la cena terminó pusieron música, vamos eso era lo que pretendía ser, todos se reunieron en el centro de la pista menos yo, me gustaba observarlos, se movían como si les estuviese dando un ataque de epilepsia conjunto. La chica rubia se había subido encima de Percy y le daba patadas como si fuese un caballo, Miles y Gwen se estaban pegando voces porque él la había pisado. Pasó una hora, dos y puede que tres, había perdido la noción del tiempo. Dos manos tomaron las mías, una era pequeña y la otra mas grande, me alzaron y me guiaron al centro de la pista, no sé por qué, quizás por inercia o porque estaba feliz, pero cuando Gwen y Miles empezaron a saltar yo les seguí, me reí y grité, también me caí pero seguía riéndome. Unos ojos azules relampaguearon al otro lado de la habitación, Percy estaba ¿enfadado? En ese momento no me detuve a analizarlo, ni siquiera le presté mucha atención, pero si lo hubiese hecho me habría dado cuenta de que tenía los puños apretados a los costados, la boca formando una fina línea y las cejas fruncidas.

Lo dicho, los celos son malos y yo había encontrado la manera de usarlos. ¿tan pronto? ¿tan joven me corrompí? No. La sociedad ya estaba corrompida, sus frutos éramos nosotros, en ese momento nadie se dió cuenta de que sus ideales estaban creando los monstruos contra los que luchaban. Puede que penséis que dos tortas a tiempo lo hubiesen solucionado, no soy de esa opinión, puede que sufra y lo pase mal por mis actos, pero si esa sociedad me enseñó algo es que si hay que luchar por algo, después no te puedes arrepentir, sería perder el orgullo y deshonrar a las personas que te han acompañado.

Por eso y por todo, antes de entrar en la escuela privada a la que íbamos juntos, Percy, Miles, Gwen yo creamos nuestra sociedad. ¿Reglas? No había éramos libres de actuar, pero siempre había consecuencias, nosotros mismos nos poníamos límites y metas. Decidíamos, pero no nos juzgábamos, éramos conscientes de cómo era cada uno y actuábamos en consecuencia. Obviamente todos téniamos preferencias, me agradaba estar con Percy, más de lo quiero reconocer, pero tambien me gustaba discutir con Miles sobre un libro o sobre cualquier tontería y cuchichear con Gwen.