Contemplo el perfil de Gwen, que está sentada a mi lado, hablando animadamente con Glimmer y dándole collejas a Percy, pensativo. Me siento un poco raro mirándola. No es que nunca antes la haya mirado, pero verla así, hablando y riendo tan lejana a mí… es extraño.
El pelo rojo cae en cascada por su espalda, y hace juego con su jersey de lana verde y sus pantalones de lana. Siempre ha odiado los vestidos. Tiene la cara en forma de corazón, con los ojos almendrados y ambarinos, como los de un lobo, la nariz respingona,
llena de pecas, y la boca pequeña.
Y gesticula mucho al hablar, como siempre.
Pestañeo un poco, al darme cuenta de que me he quedado distraído, y ella se vuelve hacia mí sonriendo. Me gusta que sonría, está mucho más guapa que enfadada. Percy y Glimmer se han levantado y se han ido de la habitación. Y es entonces cuando me doy cuenta que la sonrisa de Gwen tiene un punto pícaro.
Lástima que no vaya dirigido a mí.
―¿Has
visto a esos dos?
―Sí,
todavía no me he quedado ciego ―ironizo, sé que eso la fastidia
mucho, y aunque está más guapa sonriendo, me encanta hacerla
rabiar; arruga la nariz de una forma muy graciosa.
Pone los ojos en blanco.
Pone los ojos en blanco.
―Deja
de burlarte, o te quedarás ciego de verdad ―me amenaza―. Me
refiero a que si te has fijado que cuando Percy le preguntó si
quería que le enseñara el lugar del que le había hablado antes (el
que hay debajo de las escaleras, ese cuartito diminuto que tiene una
trampilla que llega a la buhardilla llena de telarañas y objetos
misteriosos), y dijo que mejor que fueran ellos dos solos, Glimmer se
sonrojó un poco. ¡Glimmer! ―se echa a reír. También me encanta
su risa, suave y aguda, parece una melodía. Un momento. ¿Me
estoy poniendo poético? Menos mal que aquí nadie lee los
pensamientos.
―Seguro
que se están besando ―suelto, con una sonrisa ladina, alzando una
ceja.
La
reacción no es la que esperaba, sin embargo. Gwen pierde la sonrisa
súbitamente y desvía la mirada hacia las llamas de la chimenea. Sé,
por su expresión, que se está conteniendo para no soltarme algo a
la cara. Así que espero, porque nunca se le ha dado bien lo de
contenerse o ser paciente.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete…
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Siete…
―Oye,
Miles, ¿tú has besado a alguien? ―me pregunta de sopetón, sin
apartar la vista del fuego. Empujo mi sonrisa a un lado.
―Por
supuesto ―alardeo, dándome aires de grandeza―. Si quieres puedo
besarte para demostrártelo.
Gwen
frunce el ceño y se vuelve hacia a mí. Sus ojos tienen un brillo
extraño a la luz de la chimenea, como el de un cazador agazapándose
para acechar a su presa. Y yo, que siempre me he considerado un
depredador, me veo convertido en un cervatillo ante su mirada.
Sacudo
mis pensamientos, porque el fulgor ha desaparecido con el movimiento
de las llamas, y no ha dejado más que un recuerdo que analizaré más
tarde.
Me preparo instintivamente para recibir el golpe.
Un golpe que nunca llega.
Me preparo instintivamente para recibir el golpe.
Un golpe que nunca llega.
―Vale
―acepta muy seria. Casi me caigo del sofá del susto. ¿Ha
dicho que sí? Tiene que ser una alucinación. El corazón me empieza
a latir muy rápido, y rezo para no sonrojarme.
―Lo
haría ―intento encontrar alguna réplica ingeniosa, de esas que me
suelen salir del natural (gracias a mi inteligencia sin límites que
a PVC tanto le gustaría tener. Creo que por eso me odia; es la
envidia que provoco a mi paso), pero que ahora, con la mente embotada
por mi estúpido corazón saltarín me cuesta formular―, pero no
quiero asustar a una inexperta como tú.
¡Bravo!
El valeroso Miles ha deslumbrado una vez más a su audiencia, señoras
y señores. ¡Oh, por favor, señora, conténgase! Sé que soy
irresistible, pero no se me puede lanzar encima de esa manera… Esta
es una de las cosas que Gwen dice que tendría que revisarme un
psicólogo. Hablando de Gwen, la chica (cegada por mis encantos)
entrecierra los ojos y me fulmina con la mirada.
―¿Y
cómo sabes tú que yo no he besado a nadie?.-Sonrío sin disimulo.
―Gwen,
sé que te mueres por besarme ―ignoro el puñetazo que me da en el
hombro. Ya decía yo que llevaba demasiado tiempo sin pegarme―,
pero no tienes que mentir.
―¡No
estoy mintiendo! ―se exalta, sonrojándose todavía más.
Gwen es muy dada a sonrojarse, y lo suele hacer por tres cosas: por vergüenza, por enfado, o porque está mintiendo. Y yo, como genio que soy, adivino que es porque está mintiendo y sonrío satisfecho.
Pero ella, que no tiene un pelo de tonta, decide atacarme por otros frentes.
Gwen es muy dada a sonrojarse, y lo suele hacer por tres cosas: por vergüenza, por enfado, o porque está mintiendo. Y yo, como genio que soy, adivino que es porque está mintiendo y sonrío satisfecho.
Pero ella, que no tiene un pelo de tonta, decide atacarme por otros frentes.
―¿Y
tú qué? ¿Has besado a alguien más aparte de niñas insoportables
con una acuciante necesidad de atención? ―me pincha.
―A
ti no te he besado todavía ―replico para hacerla rabiar.
Me da un tortazo en el muslo que me hace daño, la verdad. Pero claro, es Gwen, nunca hace nada a medias. O pega bien, o no pega.
Me da un tortazo en el muslo que me hace daño, la verdad. Pero claro, es Gwen, nunca hace nada a medias. O pega bien, o no pega.
―Pero
a Marietta sí ―me escupe con rabia. Esta vez sí que me caigo
del sofá, pero es porque me da un empujón, que conste.
Caigo con estrépito sobre la alfombra y la miro boquiabierto.
Caigo con estrépito sobre la alfombra y la miro boquiabierto.
―¿Pero
qué haces? ―me enfado.. Ella me señala con un dedo acusador.
―¿La
besaste o no?.-Normalmente, habría estado jugando con la verdad
hasta llevarla a mi terreno y hacérselo olvidar (aunque he de
admitir que este truco con Gwen nunca me ha funcionado), pero me ha
hecho daño y no pienso perdonárselo.
―Pues
sí ―me levanto y alzo las cejas, desafiante. Gwen también se
ha puesto de pie.
―¡Eres
odioso! ―me grita.
―¿Por
qué? ¿Por qué la besé a ella y no a ti? ―sé que he dado en el
clavo, pero Gwen parece no querer admitirlo.
―¡Siempre
se mete conmigo y se ríe de mí… pero tú la besas! ¡Te odio! ―y
me duele su acusación. Porque no lleva razón. Es cierto que la
besé, pero no tiene ni idea de por qué.
Y lo que más me fastidia es que fue por ella.
Y lo que más me fastidia es que fue por ella.
Siempre es por ella.
Me
meto las manos en los bolsillos y estudio su rostro. Tiene los ojos
brillantes y las mejillas arreboladas. Toda ella es espontaneidad y
furia asesina. Pero no tiene nada que ocultar. Marietta es más alta
y tiene el pelo rubio, la piel bronceada y los rasgos aristocráticos.
Pero no tiene la mitad del encanto que Gwen. Marietta es tan…
artificial.
―¿Estás
enfadada por qué besé a Marietta? ―inquiero con despreocupación.
―¡Es
lo que acabo de decirte!
―Bien.
Me
inclino, fingiendo una tranquilidad que no siento ni de lejos, y
presiono mis labios con los suyos. Gwen se queda muy quieta, y puedo
sentir el calor que desprende su boca. Es apenas un roce, pero cuando
me separo de ella tengo el corazón en la garganta y los nervios a
flor de piel.
Gwen tiene los ojos muy abiertos y se lleva una mano
temblorosa a los labios, como para comprobar si siguen allí. Ese
gesto infantil me hace sonreír.
―Me
has besado ―suena incrédula.
―Sí..-Vuelve
a montar en cólera.
―¿Y
te crees que eso lo soluciona todo? ¡Te has besado con alguien que
me desprecia! ¿Qué clase de amigo eres?-Suspiro. Besarla no ha sido
una buena idea, ahora está más furiosa que antes. Pero su boca
parecía tan… apetecible.
―Sólo
es un beso, Gwen ―le explico―. No le juré amor eterno, no
significa nada, ¿entiendes?
―Nada
―me contempla iracunda, pero su voz ha tomado un tono de
tranquilidad que me asusta. Sólo habla así cuando está, muy, muy
enfadada―. Muy bien.
Se
pone de puntillas antes de que pueda prever sus movimientos y me da
un beso casto, tan inexperto como ella, pero que me deja con un
cosquilleo en los labios y el estómago lleno de algo que se les
suele denominar mariposas. Una comparación ridícula, en mi
opinión; ¿mariposas en el estómago? Te morirías al instante, o se
morirían ellas por los jugos gástricos. Por eso prefiero llamarlas
lombrices.
Cuando
se separa, antes de que me dé tiempo a asimilar lo que está pasando
y se me quite la cara de estúpido, me da un rodillazo en el estómago
que me dobla en dos y me hace soltar un gemido.
Será…
Será…
―Pues
que te aproveche ―sisea―. Porque es el último que recibes.
Se
va dando un portazo, mientras me retuerzo de dolor ante el golpe. La
maldigo en silencio al percatarme de qué sólo me ha besado para
bajarme la guardia, porque teniéndola enfadada estaba preparado y
podría haber evitado el golpe.
No
puedo evitar una sonrisa. Como diría unos años más adelante, Gwen
es cómo el océano. Por un lado, puede ser encantadoramente risueña
y alegre, y si se enfada la ves venir. Y luego está la otra
Gwendolyn, la que puede hacerte saborear el cielo, pegarte una patada
de las suyas y dejarte estéril para siempre.
La segunda parte de
su personalidad, tan tramposa, tan traicionera, todavía estaba por
formase. Pero algún día lo estaría, y me daría más que algún
problema.
Me siento en el suelo, todavía palpándome la zona
adolorida y contemplo las llamas. A Gwen acabaría por pasársele el
enfado. Podría pasársele ahora mismo y hacerla morirse de la
culpabilidad si le contara por qué besé a Marietta en realidad.
Fue
hace poco más de un mes, cuando Gwen me llamó para preguntarme
angustiada si sabía dónde estaba la cadena de plata con una foto de
su padre y su hermano, que su progenitor le había regalado, y que
era la única joya que llevaba puesta.
Esa
misma tarde, vi a Marietta en el jardín pegando al de mi casa (somos
vecinos), mirando interesantísima una de sus revistas. Pero lo que
me llamó la atención fue su colgante. El colgante de Gwen.
Yo sabía que la semana pasada había ido a su casa porque sus padres tenían que hablar y que se había peleado (como siempre), así que no me costó atar cabos.
No hay mucho más que contar. Fui a su casa a recuperarlo y ella me exigió un beso a cambio. Total, era un beso, a cambio de la felicidad de Gwen. En el futuro daría muchos más por nada.
La vez anterior que fui a su casa, lancé a Loba por la ventana para distraerla y dejé el colgante debajo de su cama, como por casualidad.
Yo sabía que la semana pasada había ido a su casa porque sus padres tenían que hablar y que se había peleado (como siempre), así que no me costó atar cabos.
No hay mucho más que contar. Fui a su casa a recuperarlo y ella me exigió un beso a cambio. Total, era un beso, a cambio de la felicidad de Gwen. En el futuro daría muchos más por nada.
La vez anterior que fui a su casa, lancé a Loba por la ventana para distraerla y dejé el colgante debajo de su cama, como por casualidad.
Pero sería un secreto que me llevaría a la
tumba, como tantos otros.
Todos por ella.
Estos recuerdos no son míos, son robados por decirlo de alguna manera. Miles me los dio, desconozco sus razones para darme trozos de su vida, pero soy bastante curiosa y como se dice la curiosidad mató al gato.

No hay comentarios:
Publicar un comentario