martes, 29 de noviembre de 2011

Flores negras


Si esperáis que os diga que tuve una infancia negra llena de desgracias ya podéis ir olvidándoos, porque no es así. Mi infancia fue complicada dada la posición social de mis padres, altos cargos en el ministerio y aliados de la Orden que más adelante explicaré que es, pero ahora mismo no hace falta que lo sepáis dado que a mi tierna edad de seis años yo misma desconocía su existencia. Bueno puede que mi niñez fuese dura pero no creáis que tengo un trauma que me ha marcado ni siquiera pretendo justificar las cosas que he hecho.

Siempre he vivido en un caserón a las afueras de la Gran Metrópolis, es antiguo y actualmente no tiene la misma aura de superioridad y riqueza que antes de la Traición pero es mi hogar. Al principio me daban miedo sus pasillos largos y oscuros y no me atrevía a entrar en habitaciones cerradas, pero con el tiempo eso cambió. Creció en mi una curiosidad por conocer mundo que nunca antes he tenido ni creo ser capaz de sacar a flote otra vez. Nunca fui una niña predispuesta a hacer amigos, me crié sola con un ama de llaves mayor y medio loca. Descubrí que la soledad no sólo es un privilegio sino un tesoro que la gente no sabe apreciar, aún ahora no entiendo porque hay personas que temen quedarse solas. Está claro que si te tiene que pasar algo te ocurrirá estando sola o con alguien, entonces ¿por qué el miedo a la soledad?. Más adelante esta pregunta quedará resuelta junto con muchas dudas , pero ahora mismo me centraré en los hechos más importantes, como por ejemplo mi primera visita a la casa de los Van Clay.

Como he dicho antes no era dada a hacer amigos o entablar conversaciones con personas de mi edad, me parecía una pérdida de tiempo. Las únicas niñas de mi edad que conocía por ese tiempo eran mis primas y sólo sabían discutir sobre los conjuntos de sus muñecas, a raíz de eso saqué la conclusión precipitada y errónea de que todos los críos son igual de aburridos y quisquillosos.

La Mansión Van Clay era parecida a mi casa, quizás un poco más grande pero es que habitaban más personas que en la nuestra. Eso sí, estaba más iluminada, tenía amplios ventanales con gruesas cortinas de terciopelo verde en los laterales, la decoración no era muy abundante pero la poca que tenía estaba elegida para dar un aire tétrico a la casa. Nunca me gustó ir allí, ni de pequeña ni ahora. Sin embargo ese día iba de visita con mis padres, bueno iba obligada por mis padres. Al salir de casa me dejaron claro lo que debía hacer, no me dieron explicaciones ni yo las exigí sólo asentí y fui detrás de mi madre hacia la gran puerta de madera negra de doble hoja.

-Glimmer, vamos a casa de unos compañeros de trabajo de tu padre y tienes que hacerte amiga de su hijo, Percy Van Clay.- esa fue la primera vez que oí su nombre y como es normal un millar de preguntas me avasallaron, ¿cómo será?¿será como las primas Rosa 1 y Rosa 2 (debo decir que odio el rosa, me parece un color superfluo que no expresa nada, bueno sí representa la ñoñez de los que lo portan).

Asentí quedamente y seguí a mis padres al interior de esa fortaleza gótica que tenían por casa. Una criada nos llevó hasta una habitación bien iluminada donde se encontraban los anfitriones, faltaba su hijo y ese detalle no hizo más que incrementar mi curiosidad. Dicen que la curiosidad mató al gato, puede que sea verdad o no pero sí que es peligrosa en abundancia, como casi todo.

La señora Van Clay era una mujer astuta y de facciones serias y aristocráticas. Alta y delgada como un junco, con el pelo largo y negro recogido en un moño bajo. La cara sin maquillar, no lo necesitó nunca, era bella y no tenía arrugas. Después de haberme fijado en todo esto, no sé como me pude sorprender al ver a su hijo. Se veía de lejos que eran madre e hijo, las mismas facciones, los niños de pequeños siempre se parecen más a la madre que al padre, en mi caso era así, pero él siempre se pareció a ella, lo que durante un breve periodo de tiempo me llevó a pensar que en realidad Percy fue fruto de una infidelidad. Dado que su padre era bajito, rechoncho y con el pelo canoso. El señor Van Clay siempre me infundió un patetismo extremo, temía más a su mujer que a su jefe, al que le dedicaré un tiempo más adelante, tartamudo ante sus superiores, pero pretendía hacerse el machote y fingir que era él quién llevaba los pantalones delante de sus subordinados, yo sé todo esto porque se lo escuché a mi padre un día mientras husmeaba por la casa.

El caso es que una de las muchas criadas que tenían me condujo hacia el jardín trasero. Era enorme y preciso, que sea mala no quiere decir que no me guste admirar la belleza de las cosas, claro que después es posible que las destruya porque me es más gratificante, pero a los seis años no iba por ahí prendiendo fuego ni matando gente.
El jardín estaba lleno de grandes árboles que daban sombra y pequeños parterres de unas flores exóticas que me deslumbraron desde el principio, sus pétalos eran negros como la noche, negros como el carbón, negros como...los ojos que me escrutaban en ese momento.

La mujer me indicó que debía quedarme ahí, con esos críos. Eran normales, no eran monstruos, ni tenían alguna deformación que les impedía relacionarse, no todos los malos somos feos, gordos, dementes... al contrario estamos muy cuerdos y solemos ser atractivos (véase Tom Riddle de HP escrito por JK Rowlling, él era normal hasta que el mal lo corrompió, cosa que no me trago)

Se me quedaron mirándome quietos como si fuese un cervatillo que no quisieran espantar con sus movimientos. Tenían mi edad, me lo había asegurado mi padre, pero parecían inocentes, puede que lo fuesen pero les duró poco. Eran dos chicos totalmente opuesto, el alto de tez blanquecina y ojos azules no sabía quien era, pero el otro tenía claro que era Percy Van Clay, una exclamación se empezó a formar pero la ahogué cuando recordé lo que me decían mis padres “la indiferencia suele ser una defensa que actúa de arma, oculta lo que piensas y la gente no lo usará en tu contra”. La tercera persona era una chica más bajita que yo con la nariz pecosa y una mueca de disgusto que finalizó cuando su pie se proyectó directo hacia la espinilla del anfitrión. Tenía el pelo recogido en una coleta, algo que yo encontraba realmente incómodo porque tiraba de la piel de la frente hacia atrás ytenía las mejillas sonrosadas de haber estado corriendo.


-¿Quieres jugar al pilla-pilla? Aunque no te hagas muchas ilusiones de ganar-me dijo el chico rubio intentando romper el silencio, señaló a la chica bajita y añadió como si me hiciese falta saberlo- hace trampas.- hasta entonces nunca había hecho trampas, ¿para qué si jugaba yo sola?

-¡No es verdad! Lo que pasa es que no sabes perder.-le recriminó la chica cada vez más roja.

-No les hagas caso son críos,- intervino Percy dirigiéndose a mí y poniendo los ojos en blanco,- además el mejor soy yo.- pensar que era egocéntrico, cara dura, narcisista y clasista es quedarse corto. Percy siempre lo llevó todo al extremo, ya sean proyectos, ideas o peleas, si hacía algo lo hacía a lo grande.

-¡Mira quién fue a hablar! El que se puso a llorar hace un momento porque Gwen le pegó un empujón.- así se llama la chica bajita Gwen, me costó una barbaridad aprendérmelo y pronunciarlo bien.
-¡Y yo soy dos meses mayor que tú, no soy una cría!

-Cierto Gwen esta hecha todo un machote.- Percy aparte de tener muchas virtudes tenía el doble de defectos y uno de ellos era la falta de sensibilidad, pero el comentario me hizo gracia y era una cría maliciosa.

-¡Soy una chica, alcornoque! Una chica. Pero molo mogollón – Gwen tenía muy poca paciencia y conforme creció la fue perdiendo poco a poco, pero era la única sincera de los cuatro y te daría una patada en la espinilla/entrepierna si consideraba que te pasabas de listo.

-Por el amor de.... ¡¿se puede saber que haces?! no ves que tenemos invitados y pareces de todo menos una niña.

-¡Las niñas podemos pegar si nos la da gana, so tonto!
-Es verdad. ¡Apoyo a las niñas violentas de todo el mundo!- dice el chico al que aún no le había puesto nombre, Gwen lo miró indecisa sobre si darle lo mismo que a Percy, que se retorcía en el suelo e dolor, o dejarlo ir en paz.

-Entonces Gwen ¿tú eres de las que apoyan la "igualdad"?-le pregunté alzando la voz e iniciando lo que sería una de las conversaciones que continuaran a lo largo de este relato.

-¿Igualdad? ¿Y por qué no íbamos a ser iguales?-preguntó confusa, inocencia y juventud que se reventaría con el paso del tiempo.
-Porque nosotros tenemos otra cosa aquí- dijo el chico rubio señalándose los pantalones-. Lo he comprobado. Por cierto me llamo Miles.

-¿Enserio? eso lo quiero comprobar yo, Gwen ¡bájate las bragas!-¿quien diría eso? Percy, ahí apreciáis su seña de identidad, con el paso de los años se fue controlando pero las cosas que me contaba en el salón de la Hermandad no es apto para este momento inocente.

-Deja de decir estupideces, que tenemos invitadas y seguro que piensa que eres tonto.- Gwen le había pegado a Percy ya tres o cuatro veces en menos de un minuto y las cosas se empezaban a poner divertidas. Las chicas no eran todas como Rosa 1 y Rosa 2.

-Bueno si chicos y chicas pueden hacer lo mismo entonces, ¿no tendría el derecho a devolverte el golpe?- pregunté maliciosa a Gwen. La niña abrió mucho los ojos y miró a Percy, que con un pestañeo le devolvió una mirada burlona, con toda la sorna que un niño de seis años es capaz de reunir. Gwen cerró los puños y alzándolos respondió desafiante:

-Atrévete y te dejo un ojo morado.
-¿Puedo dejárselo yo también?- Puede que Miles pareciese inocente pero era peor que el veneno puro.

-No podéis porque estamos en mi casa y tenemos una invitada que debe creer que nos falta mas de un tornillo

-¡Es que nos falta más de un tornillo!¿Quién quiere jugar al escondite? ¡La lleva Miles!- sin más echó a correr por el jardín mientras Miles resoplaba y le gritaba.
-¡Eh, no vale! ¡Exijo justicia! ¿Por qué siempre me la quedo yo?
-¡Porque nunca me pillas!-escuché antes de quedarme a solas con Percy.

-A Gwen le gusta Miles así que ve con cuidado.- me advirtió.
Con el paso del tiempo Gwen y Miles se dejaron de tratar como críos y se dieron cuenta que algo pasaba y estaba cambiándolo todo. Pero ni por un segundo se os ocurra imaginar que declararon amor eterno y fueron felices y comieron perdices, literalmente, Gwen es alérgica a la perdiz no es por otra cosa.
-Iré por donde quiera mientras Miles no me pille.- Somos lo peor de la sociedad, porque nos subieron a un trono para bajarnos de golpe y haremos cualquier cosa que nos permita sentirnos mejor o recuperar el poder.

3 comentarios:

  1. O.o que siniestro ¡pero mola! xDD

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  2. ¬¬ mira que eres mala yo me curro el mío y tu pones que siniestra? ogh ogh ogh

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  3. Ohh pero si te he dichoq ue molaaa!! siestá muy chulo (para lo bien que se te da estropear proyectos este te ha salido super cuqui) y me encanta la ''historia'' de los datos personales

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