Entré con cierta timidez por las altas puertas, y la timidez no era algo que acostumbrara a sentir. Me había fijado en la impresionante fachada de la mansión de Percy. Era una casa increíble, ciertamente, pero no mejor que la mía o la de Miles. Aunque esta casa tenía algo regio del que la mía carecía y que la de Miles desdeñaba.
Y ahí estaba otra vez. ¿Por qué pensaba en
Miles?
Me enfadé con él la última vez que nos habíamos visto,
por lo que él consideraba una “tontería”. ¡Já! Había tirado
su espada, Loba, por la ventana para que le prestara atención. ¡La
espada que había pertenecido a mi padre y al padre de mi padre y al
padre de mi padre de mi padre, y así hasta el principio de mi
familia! Y que ahora era mía por derecho, por mucho que mi madre se
empeñara en decir que era una señorita, y que las señoritas debían
dedicarse a sus labores y nada más.
Mi madre siempre había sido
muy machista.
Echaba de menos a mi padre y a su hermano mayor.
Cerré los ojos un momento, recordando las tardes que me iba con
ellos de caza. Siempre me había fascinado el bosque, con esos
árboles tan altos y el sonido de los animales en la espesura. Me
sentía libre y viva. Allí, lejos de mi madre y mis criadas, podía
correr y mancharme de barro, reír demasiado fuerte y hacerle burlas
a mi hermano.
Y soy muy buena cazadora.
Mi hermano odiaba
cazar, le daban pena los animales. A mí también me daban… hasta
que blandía la ballesta o el cuchillo.
Las tardes cazando en el
bosque era uno de los recuerdos que más cariño tengo. Me aguanté
las lágrimas. Los dos se habían perdido en esa masacre. Ahora sólo
quedamos yo y mi hermana pequeña, que ya es toda una señorita y
sueña despierta con el príncipe.
Asco de vida.
Un silbido a
mi espalda me pone en guardia.
-¿Qué
hace aquí mi princesa?.-Me doy la vuelta, sabiendo lo que me voy a
encontrar.
-Miles
-saludo, no sin frialdad. Normalmente, soy explosiva como un volcán.
Pero con mi madre observándome desde lejos, mientras habla con una
señora que no conozco y que será muy influyente, no puedo pegarle
una patada.
Recuerdo
lo que siempre dice mi nodriza: “Las palabras son el arma de las
damas”. Y también mi respuesta: “Pero yo no soy una dama”.Miles
se acerca con pasos pausados y medidos. Como un león acechando a su
presa. O como una presa preparando su huida.
-Sigues
enfadada -tantea.Un músculo da un tirón en mi mejilla, y me resisto
para no gritarle que es estúpido. Genial. Qué rápido se rompe mi
fachada de frialdad.
-¿Tú
qué crees? -escupo.
Miles
se mete las manos en los bolsillos y baja la vista al suelo. Parece
arrepentido, pero yo sé leer sus expresiones de arrepentimiento;
sabe fingirlas muy bien. Entonces, cuando me fijo en que el flequillo
le tapa los ojos pero no la nariz, me doy cuenta de que se lo ha
cortado. Y yo no lo sabía.
Eso me sienta mal. Siempre nos
informamos de todo, por mínimo que sea. Por teléfono o por carta.
Pero él se ha cortado el pelo… y no me lo ha dicho.
Me siento
ridículamente traicionada, sobre todo porque me imagino a Marietta
acompañándolo a la peluquería. Seguro que la ha besado, el muy
idiota. De eso iba presumiendo ella el otro día.
Vale. Tal vez
esos rumores que ha ido extendiendo de que la besó hayan influido en
que siga enfadada… Pero ¡es Marietta! Una estúpida que siempre se
mete conmigo y mi pelo. No la soporto. Y él va besándola por
ahí.
Pero no pienso demostrarle que estoy dolida por eso. Qué
humillación.
-Lo
siento -se disculpa.
-¿El
qué sientes? -replico cruzándome de brazos.
-Haber
tirado tu espada por la ventana -me mira con los ojos brillantes de
sinceridad, pero eso también es un montaje. Miles nunca se
arrepiente de nada.
-Ya.-Él
suspira, como si la víctima fuera él y no yo.
-Supongo
que no querrás saber que te he comprado por Navidad… si sigues
enfadada y eso.
-Supones
bien.- Vuelve a suspirar.
-No
seas cabezota, Gwenny.
-Pues
no seas tú estúpido -farfullo fulminándolo con la mirada.
-¿Pasa
algo? -mi madre está a mi lado de nuevo. He heredado de ella mis
ojos y la nariz respingona, pero el pelo pelirrojo es de mi padre.
-Nada
-respondemos a la vez. Yo tensa y él con una sonrisa burlona
adornándole el semblante.
-¿Ya
le has dado tu regalo, Gwen? -mi madre decide arruinarme la vida y
hundirme en la vergüenza en el momento menos oportuno, y por la
mirada oscura de Miles, sé que me lo recordará toda la vida. Le
lanzo el paquete con malas pulgas,
-Ahí
tienes -ladro.
-¡Gwendolyn!
-me reprende mi madre. Agg. Odio mi nombre completo. Suena tan
cursi. ¿Por qué no me pusieron Glimmer como a la otra chica que ha
invitado Percy por Navidad? Ese sí mola. O cualquier otro. Pero
Gwendolyn… Y lo peor es que a ella le encanta.
Miles lo abre. Y muy a mi pesar, puedo leer su curiosidad en su semblante inexpresivo.
Cuando ve lo que es, creo que se queda sin palabras,
y yo me sonrojo tanto que parezco una de las bolas de Navidad del
árbol.
Miles
lo abre. Y muy a mi pesar, puedo leer su curiosidad en su semblante
inexpresivo.
Cuando ve lo que es, creo que se queda sin palabras, y yo me sonrojo tanto que parezco una de las bolas de Navidad del árbol.
―Vaya… ―murmura. Y yo no puedo pensar otra cosa que no sea:
“Mamá vete. Mamá vete. Mamá vete. Mamá vete.”
Y mi madre, que tiene el don de la oportunidad, de la pesadez y de conseguir todo lo que se propone, y al parecer también el de la telepatía, porque me lee el pensamiento, dice:
―Bueno os dejo solos para que discutáis sobre los regalos ―suena a excusa (lo es), pero por una vez es rápida al alejarse.
Nos quedamos sumidos en un silencio de lo más incómodo. Miles termina de desenvolver el regalo y lo mira en todo su esplendor. Es una capa de piel de ciervo. No penséis que en mi familia cazamos por placer y dejamos los animales muertos. Aprovechamos las cosas mucho más que las industrias de alimentación. Matamos animales y nos comemos la carne y usamos la piel para abrigarnos.
Puede que suene primitivo… pero tiene un encanto único, os lo aseguro.
El caso es que no es una capa de piel de ciervo normal. Es mi capa de piel de ciervo. La primera que tuve y que todavía uso. La que me consiguió mi padre y a la que tengo muchísimo cariño.
Y Miles lo sabe.
Me mira, serio por una vez, y sacude la cabeza.
―No puedo aceptarlo.- Cojo aire y me muerdo el interior de las mejillas.
―Pues no lo aceptes ―uso el tono más desagradable que tengo―.
El regalo se me ocurrió antes de que echaras a Loba por la ventana, y cómo no tenía otro te lo he traído, pero no te lo quedes si no lo quieres.
Miles se acerca a mí y me enseña la capa. Tiene muchos años, pero sigue siendo extremadamente suave y abrigada.
―Gwen, sé que lo significa para ti ―baja la voz imperceptiblemente y me mira a los ojos―. Y aunque no me creas, siento de verdad haber tirado a Loba por la ventana ―sacude la cabeza y me tiende la capa―. Pero no puedo a aceptarlo.
Trago saliva.
―Había pensado… ―se me quiebra la voz y me obligo a continuar―. Había pensado que podías ponértela cuando te vienes al bosque a acompañarme. Aunque no hagas otra cosa que quejarte y espantar a los animales ―sonrío un poco―. Yo me he conseguido otra por mí misma y voy a usarla así que…
―¿Y no preferirías conservar esta? ―me interrumpe.
Dudo un instante. Pero vuelvo a recuperarme y empujo la tela hacia él.
―Sé que la cuidarás bien ―le sonrío, esta vez ampliamente―. Y la capa que me hizo mi padre no está para quedarse abandonada en un rincón.
Miles suspira. Supongo que sabe que eso significa que lo he perdonado. Me alejo un poco, pero él me agarra de un hombro y me muestra algo que se ha sacado del bolsillo.
Es un broche de plata. Redondo y tan ancho como mi pulgar. Cuando me fijo en la filigrana que tiene me doy cuenta de qué es un pájaro, más concretamente, un águila.
El símbolo de mi familia.
―Es tu regalo de Navidad ―me informa. Me doy cuenta de qué no se ha molestado en envolverlo―. ¿Te gusta?
Detecto cierto nerviosismo en su voz. Y me siento tan enternecida que por un momento olvido que besó a Marietta.
Lo cojo con cuidado.
―¿Cómo lo has hecho?
―Lo encargué ―se encoje de hombros sin darle importancia―. El dibujo y el diseño si lo hice yo, claro. ¿Te gusta? ―repite.
Estoy tan maravillada que por un momento no puedo hablar.
―Es precioso ―murmuro. Pero me corrijo―: Es perfecto.
Él sonríe, más relajado.
―Feliz Navidad ―anuncia revolviéndome el pelo.
Sabe que odio que lo haga.
―¡Idiota, no hagas eso! ―le doy empujón y él se aleja riéndose.
No tardo en perseguirlo, aguantándome una sonrisa.
Feliz Navidad, Miles.
Cuando ve lo que es, creo que se queda sin palabras, y yo me sonrojo tanto que parezco una de las bolas de Navidad del árbol.
―Vaya… ―murmura. Y yo no puedo pensar otra cosa que no sea:
“Mamá vete. Mamá vete. Mamá vete. Mamá vete.”
Y mi madre, que tiene el don de la oportunidad, de la pesadez y de conseguir todo lo que se propone, y al parecer también el de la telepatía, porque me lee el pensamiento, dice:
―Bueno os dejo solos para que discutáis sobre los regalos ―suena a excusa (lo es), pero por una vez es rápida al alejarse.
Nos quedamos sumidos en un silencio de lo más incómodo. Miles termina de desenvolver el regalo y lo mira en todo su esplendor. Es una capa de piel de ciervo. No penséis que en mi familia cazamos por placer y dejamos los animales muertos. Aprovechamos las cosas mucho más que las industrias de alimentación. Matamos animales y nos comemos la carne y usamos la piel para abrigarnos.
Puede que suene primitivo… pero tiene un encanto único, os lo aseguro.
El caso es que no es una capa de piel de ciervo normal. Es mi capa de piel de ciervo. La primera que tuve y que todavía uso. La que me consiguió mi padre y a la que tengo muchísimo cariño.
Y Miles lo sabe.
Me mira, serio por una vez, y sacude la cabeza.
―No puedo aceptarlo.- Cojo aire y me muerdo el interior de las mejillas.
―Pues no lo aceptes ―uso el tono más desagradable que tengo―.
El regalo se me ocurrió antes de que echaras a Loba por la ventana, y cómo no tenía otro te lo he traído, pero no te lo quedes si no lo quieres.
Miles se acerca a mí y me enseña la capa. Tiene muchos años, pero sigue siendo extremadamente suave y abrigada.
―Gwen, sé que lo significa para ti ―baja la voz imperceptiblemente y me mira a los ojos―. Y aunque no me creas, siento de verdad haber tirado a Loba por la ventana ―sacude la cabeza y me tiende la capa―. Pero no puedo a aceptarlo.
Trago saliva.
―Había pensado… ―se me quiebra la voz y me obligo a continuar―. Había pensado que podías ponértela cuando te vienes al bosque a acompañarme. Aunque no hagas otra cosa que quejarte y espantar a los animales ―sonrío un poco―. Yo me he conseguido otra por mí misma y voy a usarla así que…
―¿Y no preferirías conservar esta? ―me interrumpe.
Dudo un instante. Pero vuelvo a recuperarme y empujo la tela hacia él.
―Sé que la cuidarás bien ―le sonrío, esta vez ampliamente―. Y la capa que me hizo mi padre no está para quedarse abandonada en un rincón.
Miles suspira. Supongo que sabe que eso significa que lo he perdonado. Me alejo un poco, pero él me agarra de un hombro y me muestra algo que se ha sacado del bolsillo.
Es un broche de plata. Redondo y tan ancho como mi pulgar. Cuando me fijo en la filigrana que tiene me doy cuenta de qué es un pájaro, más concretamente, un águila.
El símbolo de mi familia.
―Es tu regalo de Navidad ―me informa. Me doy cuenta de qué no se ha molestado en envolverlo―. ¿Te gusta?
Detecto cierto nerviosismo en su voz. Y me siento tan enternecida que por un momento olvido que besó a Marietta.
Lo cojo con cuidado.
―¿Cómo lo has hecho?
―Lo encargué ―se encoje de hombros sin darle importancia―. El dibujo y el diseño si lo hice yo, claro. ¿Te gusta? ―repite.
Estoy tan maravillada que por un momento no puedo hablar.
―Es precioso ―murmuro. Pero me corrijo―: Es perfecto.
Él sonríe, más relajado.
―Feliz Navidad ―anuncia revolviéndome el pelo.
Sabe que odio que lo haga.
―¡Idiota, no hagas eso! ―le doy empujón y él se aleja riéndose.
No tardo en perseguirlo, aguantándome una sonrisa.
Feliz Navidad, Miles.
Me encantan las tres nuevas entradas :). Aunque dos sean mías xD. Exijo los derechos de autora, que conste, así que ponlos o sufrirás las consecuencias (¡muajajajaja!).
ResponderEliminarUn beso x)