lunes, 5 de diciembre de 2011

Regalos



Después de esa tarde en el jardín de flores negras, no los volví a ver hasta que pasaron cuatro años, en una fiesta de Navidad a la que me invitó Percy. Me pilló por sorpresa, una tarde mis padres me dijeron, medio exaltados, que había recibido una invitación del hijo de los Van Clay para pasar las fiestas en su mansión. La carta no la escribió él, sino su padre, yo nunca le había dicho mi nombre pero puede que mi madre me nombrase más de una vez mientras hablaba con sus padres.

Cuando quedó clara mi asistencia al evento surgió el “dilema” de la ropa. Mi madre llamó a todas y cada una de las tiendas para reservar vestidos de todos los colores, en su mayoría rosas, mi padre por mucho que lo mirara suplicante siempre se iba por otro lado, no sin antes lanzarme una mirada de “ten contenta a tu madre”.

Las siguientes semanas nos las pasamos de tiendas, puede que muchas penséis “¿cómo va a ser eso un castigo?” Creedme, lo es. De los peores además. No sé como sobreviví sin secuelas permanentes, y no, que sea en la actualidad retorcida y fría no tiene que ver con las tardes de tienda en tienda con mi madre, rodeada de perfumes caros y tonos pastel. Acababa con dolor de cabeza y lo primero que hacía al llegar a mi casa era arrastrarme a mi habitación y tirarme en la cama abrazada a Teddy (mi oso de peluche, he sido niña y tenido infancia, he jugado con muñecos y al pilla-pilla, que tenga un oso de peluche no es raro).

La fiebre por comprar el vestido acabó el día que mi padre llegó con un paquete en los brazos. Había vuelto antes con mi madre de la calle porque estaba lloviendo a mares. Mi padre nos encontró en el salón sentadas al lado de la chimenea leyendo un libro. Cuando alcé la vista y vi el hermoso vestido verde que llevaba en los brazos me faltó poco para tirar el libro a las llamas y correr junto a él. Mi madre lo miró reprochandole no haberlo consultado con ella antes de comprarlo.

Yo simplemente se lo agradecía, ir a la fiesta enfundada en una nube verde vaporosa era un sueño. Me lo probé corriendo y bajé, un silencio pesado que duró una eternidad se posó en la habitación hasta que se le dio el visto bueno al vestido y me lo quité para que lo arreglaran, para que me quedase más entallado.


Me pasaba los días y las noches soñando con esa fiesta. La casa adornada con las rosas del jardín y todas las lámparas brillando, la gente con ropa de gala y vestidos largos que se mecen al son de la música, criados llevando copas de champán y aperitivos por toda la pista de baile. La música sonando, el director moviendo la batuta frenético y los músicos siguiendo la partitura con la vista. Niña o no esto me parecía un poco cursi e idealizado asi que le solía poner luchas y corazones rotos de por medio, patético, pero es que cuando se es pequeña los padres leen cuentos de damas atrapadas en torres y caballeros con brillantes armaduras dispuestos a salvarlas. Mentira, todo es mentira. Nadie te salvará a no ser que sea su trabajo o que halle algún tipo de recompensa a cambio.

Así llegó el gran día. Me acompañó mi madre hasta la casa y me dejó al cargo de la criada de la otra vez, estaba más descuidada y le empezaban a asomar canas entre el pelo rubio y trenzado. Me condujo rápido por entre todos los pasillo y me llevo a una habitación amplia, con grandes ventanales que daban al patio y una cama con dosel negro en el centro, no había más, ni un escritorio, ni mesita de noche ni armario. Al fondo una silueta se recortaba con la luz que entraba por la ventana. Era Percy, el pulso se me aceleró y lo intenté calmar, lo obligué a serenarse, nadie me había hecho sentir algo parecido nunca, aunque teniendo en cuenta el escaso contacto con la sociedad que había tenido era normal, o eso pensaba para relajarme y funcionó durante un brevísimo espacio de tiempo.

-Bonita fiesta, hay una ambientazo- empecé para romper el silencio, las conversaciones no son mi fuerte y deseé que no notase el sarcasmo en mi voz.

-Seguro que más que en la tuya, ¿qué haces por las noches? ¿Peinar a tus muñecas?- vale debería decir que también era bastante picajosa y no me gustaba que intentasen quedar por encima de mí.
-Claro que si, las pongo guapas para después dejarlas en el armario del desván así el hombre del saco no se aburre.-le respondí poniendo los ojos en blanco, gesto que le vi por primera vez a él, y bufé.

-No existe el hombre del saco-replicó desdeñoso, claro que no existe pero ¿que debía decir?, no había mantenido muchas conversaciones y no me pensaba quedar callada como una retrasada, pero a veces desearía haberlo hecho, haber cerrado el pico y que no hubiese salido ni un sonido más de mi boca-. Confiesa, Glimmer, las poner guapas para luego tomar el té con ellas.
-¿Tienes alguna afición en especial con las muñecas? Si quieres me las traigo y las pones guapas tú mismo.-le dije cada vez más enfadada, nunca tuve mucha paciencia y Percy sabía como agotarla a la velocidad de la luz.
-Al contrario, que tú, yo sí sé divertirme- me mira a través del espeso flequillo de pelo negro que le tapaba los ojos, que tanto me gustaron aunque se lo negué siempre.- ¿Quieres que te enseñe el mejor sitio dónde pasar el rato, o eres demasiado miedosa? Te aseguro que hay que meterse en lugares llenos de arañas...

-¿Enserio? ¿Alguien tan pijo tiene lugares así?-le respondí ansiosa.

-Yo no soy pijo-enfatiza con la mirada de superioridad que tanto lo caracterizará a lo largo de los años.- Que tú estés rodeada de ellos y no sepas distinguirlos es tu problema.

-Pues hasta donde yo sé, estar rodeada de gente importante es bueno, niño mimado.

-Una cosa es ser importante, como yo, y otra ser pija, cómo tú.- en este momento metió la pata porque me puso a la defensiva y todo se fue al traste bastante rápido.

-Pues si no te gustan los pijos no haberme invitado a venir.-le respondí sin paciencia alguna y sacándole la lengua.

-Esa fue mi madre, ¡tonta! Yo jamás te invitaría por voluntad propia.-me responde impasible y se da la vuelta, pero me ha dado tiempo a ver que tenía la cara encendida.
-Pues ahí tienes mi regalo de navidad so estúpido.-le tiré el regalo de Navidad que había comprado, era un libro que me había leído yo antes, no lo entendía del todo bien pero hablaba de la fuerza interior y de la lucha por territorios. Suena a rollo y lo era, pero en su momento me gustaba.

-¡Pues no lo quiero, seguro que es horrible!-pero se gira y para mi sorpresa en vez de tirármelo de vuelta lo abre y sin mirarme se lo guarda.

-¡Me da igual tonto! Lo escogió mi madre.-le chillé roja de frustración, enfadada de que se riese de mí de es modo tan cruel, había destrozado mi día especial en diez minutos.

-Por lo menos no es un muñeca.

-¿Pero si no lo quieres que más te da lo que sea ?-le pregunto aún enfadada pero curiosa.

-Bueno, es que si tiene alguna utilidad se lo regalo a los pobres y no lo tiro a la basura.

-Que buena persona.-le digo con el tono más sarcástico que he oído en la televisión.

-Es un libro -lo sostuvo en alto como si no hubiera visto nunca nada semejante.

-Que listo que eres

-No te burles. ¿Es todo lo que se te ocurre traerme por Navidad?.- ¿como si fuese el centro del mundo y el universo? Tenía cosas que hacer y un libro era rápido, económico y además bastante entretenido. Una sonrisa se formó en sus labios y desbarató todo lo que tenía pensado responderle.

-¿Estas sordo o qué? Te he dicho que lo ha comprado mi madre, yo ni siquiera....-me giré abruptamente para que no viese que me había puesto como un semáforo.

-Es tu regalo.- dijo detrás mía mientras una cajita chocaba entre mis omóplatos, miro hacia atrás y veo por entre mi flequillo que se ha puesto aún más rojo que yo. Mi regalo de Navidad es un estuche negro con puntitos plateados que dentro tiene unos pendientes de plata en forma de lágrimas. Ahora cuando recuerdo este momento sonrío ante la facilidad que teníamos de ruborizarnos por los pequeños detalles, de tartamudear una respuesta, de decir incoherencias y reirnos de ellas mientras se nos saltaban las lágrimas frente al fuego. Todo eso se perdió pero lo atesoro día a día soñando con un futuro no muy diferente.

-Gra... gracias, pero ¿no es demasiado?

-Me los encontré por casualidad, y los compré. Pero fue porque mi madre que insistió mucho.- Esa fue la de las únicas veces que vi a Percy cohibido e incómodo ante una chica, yo siempre lo puse nervioso, me lo dijo hace tiempo, pero no nos desviemos de la conversación que tenemos entre manos.

-¿Debería bajar abajo a agradecérselo a ella entonces?.- lo que pasó después nos pilló por sorpresa a ambos, no sabía lo que hacía, mi cuerpo se movió solo y depositó un suave beso en su mejilla mientras el abría los ojos de la sorpresa y se ponía más rojo aún, si eso era posible.

-N...no hará falta. Ya se lo diré yo.-Empieza a irse pero luego se volvió como si se acordara de una cosa-. Por cierto, el libro... no tiene mala pinta.-se fue sin dar un portazo.

Cuando la puerta se abrió entraron Miles y Gwen riéndose entre ellos, el último fue Percy, no se reía, se mantenía más al margen y miraba la pared como si fuese una obra arquitectónica digna de un dios. No entendía sus cambios de humor, ni creo poder entenderlos jamás, pero cuando Miles y Gwen le ofrecieron dos paquetes envueltos en papel negro su expresión mudó completamente y volvía a tener ante mí al otro Percy, el despreocupado y ruborizado que había conocido minutos atrás.

Para mi sorpresa Miles y Gwen también me habían comprado algo, Miles me regaló una medalla con forma de media luna plateada y Gwen una cadena para llevarla. En esos cuatro años los dos habían cambiado mucho. Miles estaba más alto que yo y llevaba el pelo rubio largo con un flequillo que le tapaba media cara y Gwen había abandonado los coleteros y llevaba el pelo suelto, aunque seguía teniendo pecas, era la única de los cuatro que no llevaba flequillo, no preguntéis por nuestra afición por taparnos la cara con el pelo porque desconozco la respuesta, fue una costumbre que después abandoné pero que los chicos mantenieron.

Cuando se dieron cuenta de que mi presencia en su grupo iba a ser permanente empezaron a hablarme, bueno a intentarlo porque siempre acababan peleándose por cualquier tontería, pero eso era nuevo y divertido para mi. En cambio para Percy eran dolores de cabeza, para Gwen riñas con Miles y para este último una forma de tomarle a pelo a los otros dos.



-¿Hola! ¿Qué tal estos cuatro años? ¿Bien, no? Supongo, pareces contenta. ¿Has visto a Miles? Está rarísimo. Bueno, rarísimo desde el mes pasado que fue la última vez que lo vi; creo que se ha cortado el pelo. Los chicos no deberían cortarse el pelo, ¿no? Aunque dejárselo largo tampoco es que sea...- así empezó Gwen, me perdí mas o menos cuando decia que parecía contenta aunque el resto del discurso no contenía otro tipo de información que no se refiriese a Miles o al pelo de Percy. La juzgué de inmadura superficial, o lo que yo entendía por ser eso.


-¡No me interrumpas!- le gritó Gwen con todo su mal genio. Las cosas se empezaban a animar y pensé que no haría falta que interviniese en toda la velada con estos dos hablando.


-Es que eres un pesada.-le respondió cansado Miles. Lo dijo como si fuese una evidencia grande e imposible de pasar por alto.


-Y tú un inmaduro.- Rechistó Gwen dando la primero colleja de una noche que estaría repleta de ellas y mas.


-Me va bien, y ¿a vosotros?- decidí interrumpirlos antes de que se pusiesen a tirarse del pelo o darse patadas.

-¿Ves Gwen como te tienes que buscar un hombre de verdad?-Percy presumía de ser maduro y tener un porte exquisito, pero después de lo de los regalos de hace un momento su frase me pareció hipócrita y creída.

-Con hombre no te estarás refiriendo a ti ¿verdad?- Decidí bajarle los humos, ¿quien se creía que era? Bueno a parte del que me invitó a la fiesta (aunque lo negase).

-¿No te estarás insinuando a mi chica?-preguntó Miles divertido mientras le pasaba un brazo sobre los hombros a Gwen, que se puso roja de inmediato. Esta clase de comportamiento con el tiempo fueron a más y las reacciones fueron totalmente diferentes en ambos casos.

-Yo no soy nada tuyo, idiota.- Gwen le propinó un empujón que casi lo tira de espaldas sobre el suelo.

-¡No! ¿Tan rápido niegas nuestros amor?- las dotes interpretativas de Miles, le gustaba el teatro, bueno era un teatrero, montar escenas le encantaba casi tanto como ver a PVC, que era como llamaba a Percy, rojo de ira.

-Por favor...

-Gwen si te gusta no lo niegues que estamos en confianza.-ya dije que era maliciosa y estas conversaciones me resultaban de lo más atrayentes.
-Exacto y sólo nos reiríamos de tu pésimo criterio.-añadió Percy, que vio una oportunidad de meterse con Miles.

-Criterio tendrá la mujer que te escoja a ti.-le dije de reojo.

-Te lo iba a decir a ti ahora mismo, es imposible que se fijen en ti.

-Menos mal, hoy podré dormir tranquila sabiendo que no te fijarás en mi nunca.-con el tiempo me arrepentiría de mis palabras y puede que lleguéis a entender por qué, pero de momento os diré que era infantil, maliciosa, caprichosa y bastante juguetona. No conocíamos la barrera entre lo que estaba mal visto y lo que no, así que cuando nos juntábamos simplemente éramos libres.

-Yo no es por nada, ¿pero habéis oído alguna vez eso de que los que se pelean se desean?-Miles se había recompuesto rápido y estaba otra vez al lado de Gwen , a una distancia prudencial, claro.
-¡Pero si eso lo dice tu abuela!-Fue la primera vez que escuché a Gwendolyn reir, era como una cascada de cascabeles, armoniosa y con un timbre agudo único. Música.

-Sí. Es que mi abuela es muy sabia, ¿no ves que tiene quinientos años?

-Mas nos vale que no hallas heredado la longevidad de tu abuela.

-Miles lo de pelearse lo dices por Gwen y tu ¿no?-me sentía ofendida por su comentario, pensar que a mi me gustase Percy era una insensatez, a los diez años no has desarrollado un gusto por una persona, puedes quererla más o menos, pero amar a alguien a tan temprana edad es impensable.

-Sí, pero también a vosotros.

-¿Os imagináis a Miles viejo?-preguntó Gwen como pudo entre risas, tenía los ojos inchados de las lágrimas y se sujetaba el abdomen doblada por la mitad.

-Yo nunca seré viejo.

-Al paso que vas no llega.-me refería a la cantidad de collejas, patadas y puñetazos que le habían dado Gwen y Percy.

-¿Y qué serás, un idiota arrugado?-volvió al ataque Gwen en una pausa que le había concedido su histérica risa.

-Dejadme en paz. Sé que queréis estar conmigo toda la vida, chicas, pero no puedo complaceros... Soy una alma libre.- Miles intentó salir del atolladero con su arrogancia.

-¿Pero tienes alma? Creía que eso que sale por tu boca era estupidez.-Conforme el intercambio de ideas entre estos dos avanzaba mi concepción de Gwen cambiaba, empezaba a caerme bien, sabía responder y quedar impune y sino pues les pegaba, yo estaba en contra de la violencia física, por lo menos de la directa.

-Que mala leche que tienes.- así sentenció Miles la conversación. (Miles 0- Gwen 1)

5 comentarios:

  1. ¡Ays! ¡Pero qué mono es mi Miles! ^^ Espero que lo saques mucho (o si no... sufrirás las consecuencias. ¡Muajajaja!).
    Nah, es broma (más o menos...). Te dejaré libertad para seguir escribiendo, pero ¡continua pronto! :)

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  2. una amiga mia me a echo un extra navideño de gwen y miles espero poder subirlos pronto:)

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